DOMINGO DE TOROS Y VINO EN MEXICO, D.F.
El Zapata, agradece la oreja y los aplausos.

Escribe Ricardo Brizuela, Director de Diario del Vino, desde México. Enero 14 de 2008

Mi amigo "el Pana" tuvo que ver la corrida desde su asiento del primer tendido.
Siempre me pregunté si los toreros que se accidentan, vuelven a la plaza para contemplar desde el lugar seguro del espectador, cómo se ve cuando otros arriesgan el pellejo frente a dos pitones - de una mole de 500 kilos - lanzados a velocidad de vértigo contra uno.

Pero no estaba allí para importunar a mi amigo torero, que había sido cogido en una pierna el domingo pasado en la Plaza México, con una pregunta como esa: El Pana estaba vivito y coleando y se ve que disfrutaba del espectáculo este domingo en el mismo circo del que siete días atrás fué sacado por camilleros, rumbo a la enfermería, regando la arena con gran cantidad de sangre.

Ahora sólo había que disfrutar el espectáculo de una
El vino, un buen complemento para finalizar una jornada de toros en México.
tarde de sol, con una plaza a medio llenar y observando en el cielo, volando muy bajo, los aviones que aterrizarían pocos segundos después en el aeropuerto Benito Juárez.

- Mira, ahora el piloto les dice a los pasajeros que hay corrida de toro en la Plaza México - me susurró al lado mi esposa Rebeca.

Y, efectivamente, un poco mas allá de las cinco de la tarde ritual en España, en la arena de México "El Zapata" levantaba a las tribunas que gritaban enfervorizadas con tres pares de banderillas magistralmente puestas, esquivando el bólido de carne y hueso con un quiebre de su cuerpo elástico, elegante.

Poco antes, un lance aburrido dió paso a los cantitos intencionados de los de la tribuna del sol contra los de la sombra:

"En el agua clara,
que brota en la fuente,
chinguen a su madre
todos los de enfrente."

- Nos hacemos como que la Virgen nos habla - recomendó la experta Rebeca, justificando el silencio de nuestra tribuna. Respuesta elegante, sin dudas, a una actitud tan descomedida de los camorristas del sol.

Aficionados pidiendo al juez que otorgue trofeos a la faena.
En asientos de al lado, nuestros vecinos portaban una bota que, de tanto en tanto, se la colocaban frente a sus ojos y en actitud tierna y concentrada recogían en su boca el largo chorro de vino. Eso es parte del folklore de los toros en México, como lo son los habanos, los sombreros rancheros y las botas de las mujeres, todas bellas por cierto.

La tarde del domingo 13 de enero se fué diluyendo, con un último toro lidiado por el chico de Morelia, Omar Villaseñor Rodriguez, sin pena ni gloria, matando en un segundo intento a un animal de manos quebradizas.

Salimos contentos, intercambiando impresiones, casi como viejos aficionados. Nos esperaba una dura tarea: elegir a pocos pasos de allí - de entre los magníficos restaurantes - el lugar donde daríamos cuenta de una suculenta cena regada por el mejor vino.

Nos prometimos volver: la fascinación del colorido, los personajes, los tacos previos servidos en el caos naturalmente ordenado de México, la bravura y la imprevisibilidad del encuentro entre el diestro y la bestia, ya nos había subyugado.

México, enero 14 de 2008

"El Pana" (Rodolfo Rodriguez, el más "anciano" de los toreros de México), su puro y la Directora del Area Internacional de Diario del Vino, Rebeca Martínez Juárez .
 
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